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Historia feliz de un tiempo triste: Capítulo 2

LA QUEJA SILENCIOSA DE NUESTRO CORAZON

Por estos días de trasnochos, dolores insoportables, medicamentos nada efectivos, retos laborales, en resumen, la materialización de la impotencia, vienen momentos donde te confrontas y dices en tu corazón: “¿de qué me ha servido llevar este tipo de vida que llevo? Hay otros con vidas desordenadas, son personas egocentristas haciéndose daño a sí mismos y a quienes le rodean y ellos andan por ahí fuertes y rozagantes”.

Hay confusos pensamientos que nos llegan, tratando de impulsarnos a gritar de ira en contra del mundo, hemos pasado momentos en que no decimos nada audible, pero nuestras miradas gritan fugazmente y se ahoga en el silencio de nuestro corazón una expresión de: “esto es muy duro, esto es injusto, esto no lo soporta nadie” entonces las preguntas se multiplican aumentando el dolor, y se disminuye la confianza al pensar inquietamente:

Dios, ¿hubo algún camino en que no te reconocimos?
¿En algo a lo que nos mandaste ser diligentes, fuimos holgazanes?
¿Nos pediste algún cambio y solo simulamos cambiar?
¿Nos comprometimos a cambiar algo y nos quedamos solo en la emoción?
¿Nos pediste algo y solo obedecimos parcialmente?
¿Nos mandaste andar por un camino y nos mostramos displicentes?
¿Tomamos alguna decisión por impulso o sin consultarte?
¿Olvidamos agradecer alguno de tus beneficios?

No obstante, esos complejos pensamientos, por respeto a Dios, a su perfecta voluntad y a su infinita sabiduría, preferíamos una y otra vez inclinar el rostro y en el silencio de nuestro corazón orarle pidiéndole que nos fortaleciera y nos guardara de recriminarle algo.

En este aspecto, la mente juega un papel preponderante, por eso procurábamos junto a mi esposa, tenerla llena de palabras de Dios que nos guiaran y guardaran. Pero como esos pensamientos no se dan por vencidos en los primeros intentos, debimos constantemente recordar lo que Dios dice en su palabra:

Dios guardara en completa paz a todos los que confían en El, a todos los que concentran en él sus pensamientos.

Isaías 26:3

Ese verso bíblico (Isaías 26:3) es el que pedimos a Dios que “tatué” en nuestro corazón cada vez que los médicos nos visitan, les vemos reflejar un rostro de preocupación y luego prosiguen a decirnos que el tema es complejo.

Sumado al verso bíblico, recordamos una frase escuchada por un predicador llamado Adrián Rogers: “no podemos evitar que los pájaros vuelen sobre nuestra cabeza, pero sí que hagan nido en ella”. Esto nos sirve de herramienta para no quedarnos meditando en pensamientos que desean encerrarnos en la depresión e incluso trayendo sentimientos de culpabilidad y confusión.

En estos días nos visitó un amigo que nos hizo pensar en el caso de Job, aquel hombre del que nos habla La Biblia y que en medio de una situación como muy pocos en la historia de la humanidad han vivido, dijo: 

3 «Que perezca el día en que fui concebido
    y la noche en que se anunció: “¡Ha nacido un niño!”
4 Que ese día se vuelva oscuridad;
    que Dios en lo alto no lo tome en cuenta;
    que no brille en él ninguna luz.
5 Que las tinieblas y las más pesadas sombras
    vuelvan a reclamarlo;
Que una nube lo cubra con su sombra;
    que la oscuridad domine su esplendor.
20 »¿Por qué permite Dios que los sufridos vean la luz?
    ¿Por qué se les da vida a los amargados?
25 Lo que más temía, me sobrevino;
    lo que más me asustaba, me sucedió.
26 No encuentro paz ni sosiego;
    no hallo reposo, sino sólo agitación.»

Luego de unos 15 o más días de estar en esa clínica, agitadamente comprendimos que Job era un excelente hombre, respetuoso de Dios y por tanto apartado del mal; no obstante nos percatamos que él había cursado y pasado la mayoría de «las materias» sobre los atributos de Dios, pero le faltaba uno importantísimo: La Soberanía de Dios.

Nuestro caso claramente no es como el de Job, sin embargo esto de la Soberanía de Dios nos alcanzaba a mover el piso, pues si no fuera porque sabemos el desenlace de la historia de Job, tildaría uno el relato como de tirano o arbitrario de parte de Dios hacia el hombre.

LA SOBERANÍA DE DIOS vs. LA LIBERTAD HUMANA

La inexplicable «tensión» entre la soberanía de Dios y la libertad humana nos lleva a preguntar que tanto nuestras decisiones influyen o determinan nuestro trasegar en la vida y el propósito que Dios tiene para nosotros. Si la biblia claramente dice que cosecharemos lo que sembramos, entonces ¿Por qué vivimos esto nosotros?  ¿Qué hicimos mal? ¿Para que permite Dios esto?

Pero ¿quiénes somos nosotros para desconfiar de Dios?, como podríamos junto a María Lyda tener la audacia de cuestionar a Dios?

¡Sería una necedad acusar a Dios de injusto! Por los años que llevamos de caminar con Él, sabemos que no hay posibilidad de que Dios sea injusto y si quizás llegara a serlo, entonces no sería Dios pues su esencia misma es la Justicia y la rectitud en todas sus definiciones.

“Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, más las reveladas son para nosotros”

Deuteronomio 29:29

Con nuestra razón no alcanzamos a comprender, más si a tener como un aire de rebelión, pero la fe (este precioso regalo que Dios repartió a cada ser humano) acepta el misterio de la sabiduría y soberanía de Dios con humildad; de ese modo los problemas se convierten en propósitos que Dios y solamente Dios, usa para nuestro bienestar.

Ahora bien, hablando de la Soberanía de Dios, existe el caso extremo de quien dice: “llevo esta vida desordenada y sin sentido pues Dios lo quiso así”. Como está el otro extremo de quien dice: «lo que será, será» y con cierto grado de resignación se enmarcan y limitan por las circunstancias…

Con mi esposa sabemos bien que Dios no es arbitrario en su trato con nosotros y aun cuando Él permitiera que la situación se complicara más, para nosotros seguiría siendo bueno y sabio (Dios nos permita seguir siendo reverentes y humildes en medio de esta lucha diaria).

Escribir estas líneas, no era sencillo, más bien confuso y muy complejo, sin embargo, nos mantuvimos en la posición de que estábamos en las mejores manos y aun cuando nuestra mente no alcance a dimensionar estos profundos pensamientos, por medio de la fe honramos a Dios, confiando en que el efectivamente sigue personalmente involucrado en cada instante de todo este proceso.

Tenemos entonces estos dos aspectos:

1. La Soberanía de Dios y 2. La Libertad del hombre.  De la primera se encarga Dios y de la Libertad humana nosotros. De nuestra parte Dios sabe que usaremos esa libertad para honrarle de pensamiento y obra y aun a pesar de que el tema parezca injusto o arbitrario, seguiremos usando de esa forma la libertad que nos fue dada.

LUEGO DE VARIAS ORACIONES YA NO SABEMOS QUE ORAR

Una lucha dura de librar, es saber si en esos momentos debíamos orar: “Señor Jesucristo quita esta enfermedad” o que la dejara y en cambio nos diera fortaleza.

La verdad es que sentíamos que si le decíamos: “Señor ¡quita esto yaaaaaa, por favor! estábamos queriendo sobreponer nuestra voluntad a la suya; así que por un tiempo nos refugiamos en el pensamiento: «Dios no habría permitido esto si no fuéramos capaces de sobrellevarlo”, y también en la confianza de que debíamos seguir adelante con la seguridad de que El Señor nos libraría de esta horrible enfermedad.

En esos días leímos el texto en 2 Corintios 12:9 donde el apóstol Pablo (quien venía atravesando momentos difíciles) oraba al Señor que le quitara esa angustia; pero la respuesta de Dios ante su suplica fue:

“bástate mi gracia, pues mi poder se perfecciona en tu debilidad”

2 Corintios 12:9

Además, quienes somos nosotros para decirle a Dios ¿Qué haces Señor? u ordenarle que haga esto o aquello como si fuera un mensajero o un conserje.

La otra cara de la moneda tenía que ver con la posición de que, en efecto, sí teníamos derecho a pedir pues la palabra de Dios dice:

“…el que pide recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá…

Mateo 7:8

Y nuestra fe se fundamentaba más en la palabra que anuncia el profeta Isaías

“…Antes de que ellos me llamen, Yo les responderé; todavía estarán hablando cuando ya los habré escuchado.

Isaías 65:24

Si oro como ordenándole a Dios: “Señor Jesús quita esta enfermedad” puede la masa decir al panadero: “no me hagas esto, quítame esto, no me formes así…” ¿acaso no es Dios soberano para hacer las cosas como quiera?

Si oro: “Señor Jesús, acepto esta enfermedad, si esto fue lo que determinaste para mi vida, con humildad lo acepto”. En este caso mi mente y corazón se preguntaban: ¿pero si Jesucristo dijo que toda enfermedad fue llevada por Él en la cruz del calvario, además que su voluntad para nosotros es nuestro bienestar, y sumado a que Él es un padre que se compadece de nosotros, entonces donde está su amor?

La confusión de pensamientos en nuestra mente puede ser perjudicial si tomamos solo algunos textos de la palabra de Dios y no consideramos desde una perspectiva global y profunda (o dicho en palabras actuales: ver solo un árbol y no el bosque).

En resumen, una lucha casi inconciliable entre la soberanía de Dios y la libertad del hombre.

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